”Si a la semana 40 no siente las contracciones tendremos que inducirle el parto”
Semana 40, domingo, día de la inducción.
Me preparé para ese momento, tomé cursos, aprendí a manejar el dolor, tenía todo bajo control… Pero aún así tuve miedo, dudas y sentí que ya no podía más. Sentí que debía soltar el control para que el Señor me enseñara Su providencia y provisión; para que Él fuera glorificado y yo dependiera aún más de Él.
Llegué a la inducción lista, ¿qué tan malo podía ser?.
Después de 6 horas con oxitocina vía intravenosa, había dilatado solo a 2 cm. “¿Cuanto más iba a durar esto?”, al principio pude manejar el dolor de las contracciones, pero después de varias horas me comencé a quebrar y a tener miedo. “¿Qué si no logro resistir el dolor al dar a luz?”, ¿y si no soy lo suficientemente fuerte?, Señor, dime qué hacer”.
Esperaba escuchar Su voz de forma audible o al menos ver alguna señal clara, pero no pasaba nada. Estaba considerando la cesárea pero me parecía algo muy extremo, “quizá dilate más y todo sea natural, como siempre quise que fuera mi parto”. Consideré la epidural, pero tenía miedo. Consideré la cesárea pero tenía miedo, consideré resistir más, pero tenía miedo.
Tomaba fuerzas (el Espíritu me las daba), pero segundos después me quebraba otra vez. Había una guerra en mi mente entre “lo puedes lograr” y “esto es demasiado para mí”.
Después de 6 horas de contracciones moderadas y haber hablado con mi esposo, le dije a la enfermera “¿y si me hace cesará ya que no estoy dilatando rápido?” Ella me miró como diciendo “resiste un poco más así”. Pero finalmente accedió y ordenó que me quitaran la oxitocina para que me prepararán para la cesárea.
”¿Habré decidido bien?, quizá aún pueda resistir para el parto natural”. Pero el dolor era ya demasiado (o más bien yo estaba ya mentalizada en que no iba a poder).
“Señor, ¿es lo correcto?”
Nunca escuché Su voz, pero dentro de mí sentí Su presencia. No fue que me dejara llevar por lo que sentía, porque en ese momento comencé a recordar Su verdad. El Espíritu Santo trayendo la Palabra a mí: “No temas, Yo estoy contigo”.
Aún con contracciones esperé dos horas más hasta que una enfermera le pidió a mi esposo que se fuera a cambiar con el equipo médico esterilizado. Después dos enfermeras trajeron una camilla, me pidieron recostarme en ella y pusieron mis cosas conmigo. Lo único que veía eran las luces del pasillo mientras me dirigían al quirófano.
“¿Qué estoy haciendo? Nunca he estado en un quirófano, ¿en qué lío me metí?”. La sala estaba solo un poco fría pero sentía que todo mi cuerpo quería temblar. Mi esposo aún no entraba cuando el anestesiólogo me pidió que me sentara y sostuviera mi cabeza hacia abajo para colocar la anestesia en mi espalda. Tomé aire y comenzó. No dolió tanto como pensé.
Me recosté en la camilla de operación, sujetaron mis brazos a ambos lados para que no los moviera y no interfiriera con la cirugía. Por fuera quizá me veía tranquila pero por entro estaba aterrada, no sabía que seguía, no tenía idea de lo que se hace en una cesárea. Pero a pesar de ese miedo, el Señor seguía recordándome que Él no me iba a dejar, que por sobre todo lo que sucediera Él estaba cuidándonos.
Así que me dejé guiar. Yo, que amo tener el control de todo, en ese momento lo solté por completo y confié. Confié en los médicos, confié en los procedimientos, confié en el dolor que llegara a sentir después de la cesárea, confié en el cuidado de mi esposo. Confié porque confiaba en Aquel que sostenía todo.
Dejaron entrar a mi esposo cuando la cesárea ya había comenzado, pero verlo fue un gran alivio porque ambos estaríamos para recibir a nuestra pequeña. No sentí nada durante la cesárea y no veía lo que sucedía porque pusieron una cortina frente a mi. Había incertidumbre y expectativa, ¿mi bebé estaría bien?. Cuando de pronto, escucho un pequeño sonido similar a un quejido, bajan la cortina un poco y mi corazón se estremece de alegría. Nuestros ojos se llenan de lagrimas al instante al ver a nuestra hija frente a nosotros.
Pusieron su carita junto a la mía y todo el miedo se transformó en alabanza. “¡Gloria al Señor por las maravillas que hace, por lo que formó dentro de mí y hoy mis ojos pueden verlo!”
Tuvimos a nuestra pequeña por dos minutos, después se la llevaron a limpiar y cambiar.
Lo que vino después no fue nada fácil. La cesárea no es la salida fácil, es igual de compleja que un parto natural pero en diferente forma, en diferentes áreas. La recuperación fue dolorosa, levantarse por primera vez horas después, caminar, sostener a tu bebé, aprender a lactar, dormir poco, preguntarte si lo estás haciendo bien, medicamentos, querer irte ya a casa pero tener que esperar. Y con esto no quiero asustarte, no pretendo que te aterrorices y decidas no tener un bebé, al contrario, quiero que veas que esta es la realidad pero que ante esa realidad dolorosa el Señor nos da la fuerza para seguir y superarlo. Ante esos momentos donde no puedes más es donde Él dice “Yo soy tu Dios y aquí estoy”. Es ahí donde Su amor te cubre de tal manera que lo comprendes para dárselo a tu bebé . Donde Él usa a personas para cuidarte, donde Su providencia se ve de forma tan clara.
Dolió, lloré, deseé que todo terminara, volví a llorar… Pero también sonreí, agradecí, amé y adoré de una forma única, distinta y hermosa.
Gracias Señor porque:
- Mi bebé nació bien sin complicaciones.
- Me ayudaste a resistir y soportar en dolor de las contracciones y todo lo demás.
- Por darme fuerza para soportar las veces que me hicieron análisis, canalizaron e inyectaron, porque a pesar de ser mi fobia, me ayudaste a aceptarlas con valentía.
- Porque mi esposo pudo estar en todo el proceso conmigo.
- Por ayudarme en toda la recuperación.
- Por darnos fuerza en las noches en la clínica para cuidar a nuestra hija.
- Por Tu provisión en todo, incluso en los gastos inesperados.
- Por ayudarme a verte en cada momento.
- Por consolarme en los momentos de desesperación y llanto para no rendirme.
- Por Ti, Jesús, que estuviste con nosotros en todo.
Debo confesar que me culpé un poco por varios días por no haber logrado tener un parto natural, pro el Señor me recordó que Él obra en todo para bien cuando lo pongo como mi prioridad.
En este proceso me enseñaste a:
- No idolatrar mis comodidades, sino a dar gracias por ellas cuando las tenga.
- Que no tengo el control de las cosas.
- Ser paciente
- Pedir ayuda
- Confiar más en Ti
- No quejarme tanto
- Servir a mi familia aunque implique dejar mis comodidades.
- Que Tu poder se perfecciona en mi debilidad.
Gracias Padre por enseñarme con el dolor y por haberlo sanado también 🤍
”Bendeciré al Señor en todo tiempo;
Continuamente estará Su alabanza en mi boca” Salmo 34:1
