No es que esté obsesionada con sufrir ni con padecer dolor. No es que piense que el Señor lo único que nos dará en esta vida es sufrimiento (aunque en este mundo vamos a sufrir). No es que no vea la sanidad, el gozo, la alegría, y lo bueno que es tener a Jesús en nuestra vida, sino que del lugar donde he aprendido más a depender de Cristo, a examinar mi carácter, mis deseos, mis pensamientos, donde he aprendido a adorar más profundamente es en los momentos más oscuros de mi vida.
No es que no vea lo bueno que el Señor me da y me ha dado hasta ahora, porque si pudiera hacer una lista sería tan larga como mis propios diarios (hasta ahora tengo cinco). Veo la bondad del Señor en todo lo que hace, en cada día, y es porque Él me ayuda a verla. Pero esos momentos tristes dónde debo decidir mirarlo a Él por sobre mis problemas o pensamientos, es donde veo lo bueno que ha sido conmigo hasta ahora.
Una vez hablé con una chica, yo estaba pasando por un momento de depresión. Le hablé sobre cómo podemos llegar a adorar al Señor en medio del dolor a pesar de que a veces este continué y no sepamos cuándo terminará. Pensé en Pablo cuando habla sobre su aguijón en la carne (el cual no sabemos cuál era exactamente), pero pensé en esa tristeza que yo sentía en el momento como si fuera mi aguijón y que si el Señor jamás lo quitaba, aún así yo era capaz de adorarle y gozarme en medio de todo.
Ella simplemente respondió que el Señor no quiere que sus hijos sufran, que esa tristeza no iba a ser para siempre. Entendí su punto, nuestro Padre quiere lo mejor para nosotros, pero lo mejor para nosotros es Él mismo, pero ya sea, tanto en los momentos de prosperidad como de tribulación, tenemos la oportunidad de conocerle más y adorar en verdad.
Hablo sobre la tristeza porque es lo que más visita mi mente; no es que yo la busque, porque, si por mí fuera la hubiera desechado desde el primer día que la sentí. A veces es leve pero constante, en otros momentos de mi vida se ha intensificado a un grado mayor, pero de alguna forma siempre está ahí. Una vez incluso alguien me dijo que quizá ese era mi aguijón, y que en vez de esperar a que un día se fuera tenía que aprender a vivir con ella pero poniendo mi mirada en Cristo. No es que no sonría sinceramente o no disfrute mi vida (porque la amo), o que no he aprendido de momentos agradables (porque totalmente lo he hecho), sino que es como un proceso de aprendizaje donde ambas partes se juntan para entender la vida mejor y comprender cómo nuestra esperanza sólo recae en Jesús.
(Cuando estemos cara a cara con el Señor, el dolor terminará, así que, qué privilegio es por ahora exaltarle y adorarle en medio del dolor).
Cuando las mentiras llegan tengo que buscar la verdad (en las Escrituras), cuando no me siento suficiente tengo que recordar mi suficiencia en Cristo, cuando tengo pensamientos negativos hacia mí tengo que recordar mi identidad en Cristo. Cuando cada extremidad de mi cuerpo me pesa y no quiero levantarme tengo que decidir hacerlo y tomar mi biblia para leer el corazón y la voluntad del Señor. Cuando no quiero ni hablar tengo que decidir hablar con mi Padre porque sé que es lo que necesito en ese momento. Cuando he pensado que ya no puedo más es cuando el Espíritu Santo, con ese amor consolador y tierno me abraza de tal forma que me abruma demasiado, impregna cada parte de mi ser, cubre mi mente con la verdad y me recuerda que Él me dará la fuerza cada día porque aún tengo un propósito aquí y Él me sostendrá hasta cumplirlo.
¿Por qué hablo tanto del dolor? Porque es lo que conozco, y no es una forma de autocompasión ni estoy diciendo que nunca me he sentido feliz, sino que acepto mi debilidad humana y entiendo dónde encontrar mi fuerza (2 Cor 12:9).
Siempre he pensado que cualquier dolor que llegue a mi vida (situación difícil) es bien aceptado si este me acerca más a mi Señor, y también es bien aceptado si lo que aprendí en medio de él ayuda a otros a acercarse a Jesús.
Hay personas que dicen que un cristiano no puede estar deprimido porque el gozo está en el Señor, pero lo que no entienden es que el gozo no sólo es estar feliz, si no es mantener una calma y confianza en todo tiempo, más aún en los momentos difíciles. Ser cristiano no te exenta de pasar tribulaciones, lee el nuevo testamento y te darás cuenta de ello. No es que me falte fe, no es que esté viviendo en pecado, no es que sea un castigo, más bien lo que dijo Jesús ante la enfermedad de Lázaro: “esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” Juan 11:4.
Lo único que quiero hacer en mi vida es adorar a Cristo y que sea glorificado como a Él le plazca. Sé que no será nada fácil, pero así como Él me ha sostenido hasta ahora, lo hará en lo que venga.
Así que te ánimo a que no dejes de confiar en Él pase lo que pase, porque el Señor sigue obrando en ti (en tu mente) si se lo permites (sí, aún cuando todo parece perdido).
