¿Quién puede salvarme? (Mi testimonio)

Antes de contarte el camino que atravesé hasta conocer a Jesús, quiero aclarar que todo aquel que le ha entregado sinceramente su vida a Cristo tiene un testimonio. ¿Por qué lo digo? Porque hemos llegado a pensar que solo los que presenciaron un milagro en sus vidas tienen un testimonio en Cristo. Aquellos que recibieron sanidad, que fueron librados de adicciones o transformados de forma radical.

Pero, eso solo es parte de lo que el Espíritu Santo hizo en nuestras vidas al conocer a Cristo, más no es el testimonio en sí.

Tu testimonio es el hecho de haberte dado cuenta que eras pecador, que hay una separación entre la humanidad y Dios, que no hay forma en que podamos acercarnos a Él. Entender que solo por medio de Jesús es que podemos volver al Padre, reconciliarnos con Él y ser llamados Sus hijos. En base a eso, creer en la vida, muerte y resurrección de Jesús, y entregarle tu vida siguiéndole. Esto es tu testimonio. Ahora, el cómo llegaste ahí y lo que transformó en ti es lo que le da peso e historia al testimonio para que otros puedan identificarse y entender la obra de Jesús en la cruz.

A pesar de que en mi vida hubo sanidad, lo más importante de conocer a Cristo fue que ahora soy justificada para con el Padre: ahora puedo acercarme a Dios gracias a Jesús. Ya no estoy perdida.

¿Dónde estaba antes de Cristo?

Crecí creyendo que existía Dios, más no sabía nada sobre el verdadero Dios. Muchos hemos pasado por esto, nos hacemos una imagen de cómo podría ser Dios, y fallamos en el intento. ¿Cómo es esto? Cuando le agregamos características que nos convienen o que nos han contado, pero de las cuales no estamos seguros si son verdad o no.

Yo pensaba que Dios era un ser supremo al cual le podías pedir cosas si tú hacías algo a cambio. Además, no solo creía en Dios sino en que habían otros personajes allá arriba acompañándolo los cuales también podían hacer milagros desde el cielo hasta acá, como si tuvieran la misma autoridad que Dios mismo (lo cual bíblicamente es falso, más yo no lo sabía en ese momento).

Para mí Dios era solo una parte bonita de mi vida. ¿Por qué? Porque aunque iba a la iglesia de vez en cuando, me involucraba en algunas cuestiones de esta, e incluso intentaba hablarle a Dios, Él solo era como tener un adorno más en la pared; vivía mi vida a mi manera sin considerarlo (solo los domingos por la mañana cuando íbamos a misa). No leía la Biblia porque decían que era muy difícil de entender y honestamente no me interesaba mucho. Me interesaba hacer buenas obras, pero mis buenas obras no me harían estar cerca de Dios.

El verdadero problema

Mi vida tenía muchos altibajos, principalmente porque dentro de mí así sucedía. Desde que estaba pequeña tuve varios asuntos con la depresión y la ansiedad los cuales se fueron intensificando a medida que yo crecía.
Habían dos problemáticas aquí. La primera era lo que la depresión y la ansiedad me hacían sentir; todos esos síntomas: tristeza persistente, irritabilidad, desinterés en la vida, sentimiento de culpa, llanto constante con o sin razón, así como días donde mi energía subía drásticamente, e incluso otros síntomas físicos.

Y lo segundo era lo que estos síntomas me hacían hacer.

Dejar proyectos a medias, buscar formas equivocadas de sentirme mejor, molestarme con todo el que se me cruzara, hacer lo que yo considerara como correcto de acuerdo a la forma en que me sentía ese día o en ese momento. Y la lista continúa; me autolesionaba, desobedecía a mis padres viviendo con un novio que tuve por tres años, buscando el amor y la aceptación en otras varias relaciones sentimentales; además de salir de fiesta y beber hasta olvidar un poco mi dolor. La realidad (y que ahora me doy cuenta), fue que había algo más por lo que me comportaba como lo hacía. Sí, la depresión influía, con todos esos pensamientos que trae consigo; la ansiedad también, e incluso un diagnostico más que recibí años más tarde; pero había una sola cosa la cual tenía la culpa de mis acciones: mi pecado. Sin Dios, sin buscarle, mi naturaleza pecaminosa (como lo describe la Biblia) estaría siempre presente (Romanos 3:11-12). Y si bien, la Palabra de Dios (la biblia) dice que sin Dios somos esclavos del pecado, a su vez decidimos seguir pecando.

El problema de que estuviera alejada de Dios no era mi estilo de vida, porque pensaríamos que si hubiera dedicado más de mi vida a obras de caridad o a ir a misa más seguido, o a hacer más sacrificios como caminar entre 15 a 20 km a cambio de que un santo “me cumpliera mi petición”, o incluso volverme aún más devota, quizá ahí Dios si estaría conmigo. El problema es que creemos que podemos hacer algo para acercarnos a Dios, pero por nuestras obras (por más “buenas” que sean) jamás podríamos hacerlo, eso es lo que la Biblia dice y es verdad. Además, que solo debemos adorar a Dios, a nada más.

Sí, mi vida estaba bastante desordenada, pero mi distancia con el Dios verdadero estaba en algo más profundo. Algo en lo que toda la humanidad está. Seas la mejor o la peor persona de acuerdo a la sociedad, para Dios eres Su enemigo. De esto hablaremos a detalle un poco después (y además te diré como puedes dejar de ser enemigo de Dios).

Perdida

A lo largo de mi vida visité varios psicólogos, grupos de terapia y psiquiatras. ¿La causa? Realmente eran varias razones: tristeza prolongada, ataques de ansiedad, aislamiento y más. Cuando tuve consultas con psicólogos me ayudaron de alguna forma a encontrar valor en mi misma, a tener una buena autoestima (aunque para ser sincera nunca la tuve estable). Ellos trataron algunas cuestiones de mi niñez y me dieron algunas herramientas para lidiar con mis pensamientos. Pero no fue hasta que comencé a ir con psiquiatras que todo comenzó a tomar sentido. Bueno, cuando los diagnósticos aparecieron y lo que me pasaba tuvo más sentido.

A los 14 años visité a mi primer psiquiatra la cual me dijo que tenía Trastorno Obsesivo Compulsivo, ya que desde que estaba muy pequeña había tenido pensamientos intrusivos y comportamientos que quedaban exactamente con este trastorno:

El Trastorno Obsesivo-Compulsivo se caracteriza por la presencia de obsesiones, compulsiones o ambas, que son consumidoras de tiempo (por ejemplo, más de una hora al día) o causan malestar clínicamente significativo o deterioro en el funcionamiento social, laboral u otras áreas importantes

Las obsesiones son pensamientos intrusivos que llegan sin que la persona lo desee. Los míos eran varios, por ejemplo, pensaba que podía sucederle algo terrible a mi familia si no hacía algo al respecto. Y ese “algo” eran las compulsiones, algo tan absurdo como ponerme primero el zapato derecho y luego el izquierdo siempre. Son pensamientos irracionales y sabía que lo eran, pero me causaban una ansiedad tan grande que debía hacer la compulsión para quitarlos.

Durante todo el día parpadeaba hasta que mi cerebro sentía que había parpadeado correctamente, y cuando finalmente lo hacía correctamente, volvía a parpadear “mal” y todo comenzaba de nuevo. Terminaba con mis ojos tan cansados al final del día. También pensaba que podía quedar embarazada si algo rozaba mi ombligo, así que tenía que rascarlo para quitar la sanción de lo que me había tocado. Mi cuarto y mis cosas estaban organizadas de la misma forma siempre; no es que fuera una limpiadora compulsiva, más bien todo debía estar en el mismo lugar o sino “algo malo pasaría”.

En cada etapa de mi vida desde mi niñez hasta ser adulto joven, las obsesiones y compulsiones cambiaban y se intensificaban. Siendo el punto máximo cuando cumplí 20 años donde todo se salió de control (ya hablaremos más de ello), pero ese trastorno me la jugó de tal forma que perdía clases en la universidad porque tardaba 2 horas o más encontrando la ropa “correcta” para usar. Y no era que quisiera verme radiante, sino que así como debía ponerme el zapato derecho antes que el izquierdo, mi ropa debía cumplir un estándar mental que ni siquiera yo misma comprendía.

Mi primer psiquiatra me diagnosticó TOC y depresión. Para ese entonces (14 años) mis papás me llevaron ahí porque comencé a cortarme. No era una forma de llamar la atención, sino que era mi escape (erróneo) ante el dolor emocional que sentía dentro (aunque después se volvió como una adicción). Además, tenía pensamientos suicidas y mi mundo se volvió aun mas oscuro.

A los 15 y 16 comencé a ver a otra psiquiatra ya que la anterior estaba en otra ciudad. Esta nueva doctora me dijo que solo tenía depresión y ansiedad pero que el TOC estaba descartado. Ella pensaba que más bien así era mi personalidad, pero para ser sincera (y sin menospreciar su conocimiento en medicina) yo no sentía para nada normal todos esos pensamientos y comportamientos que tenía.

Pasé unos cuantos años tomando diferentes antidepresivos hasta que un día la psiquiatra me dio de alta. Total error.

En los siguientes dos años sin medicamento ni terapia todo se puso peor. Podría culpar a mis síntomas por las acciones que hacia, pero como ya vimos es una combinación de todo con el pecado de fondo y mi deseo de vivir sin Dios. El caso fue que comencé a perderme e intenté encontrar valor en relaciones sentimentales. Una tras otra, incluso con una mujer (para esto yo tenía 17 años). Cuando cumplí 18 me mudé a otra ciudad bastante lejos de mis padres, para comenzar la universidad; y también ahí seguí buscando valor en las personas. Estando en esa ciudad tuve un novio con el cual duré 3 años viviendo juntos. Para la sociedad de ahora eso es de lo más normal, pero no puedes vivir como casados sin tomar la responsabilidad de en verdad estarlo.
En esos años con él busqué a otro chico, buscaba atención de más hombres y las cosas volvieron a tornarse oscuras de nuevo. Por un tiempo me sentía de lo mejor, podía hacer lo que yo quisiera, hablaba con todo el mundo, me sentía invencible. Pero eso duraba solo unos cuantos días, porque después la tristeza golpeaba más fuerte.
Y la tristeza llegó aún más fuerte.

Cuando vivía con mi ex novio Óscar (ese no era su verdadero nombre, pero le llamaremos así aquí), la depresión comenzó a tocar la puerta otra vez. Esta vez con síntomas nuevos.

Yo no me había dado cuenta de ello, pero Óscar lo notó de inmediato. Ya no me arreglaba, pasaba el día en pijama, lloraba de la nada, e incluso comencé a sentir que alguien me perseguía en la calle. Para ese entonces me había dejado de cortar, pero en ese momento lo volví a retomar. No podía salir sola del apartamento donde vivamos porque tenía la constante sensación de que algo o alguien iba detrás de mi persiguiéndome, incluso un día de esos llegué a escuchar que me hablaron cerca del oído. No escuchaba voces, pero ese día mi mente estaba tan mal que quizá imaginé esa voz.

Óscar me convenció de volver a buscar ayuda psiquiátrica, lo platicamos con mis papás y accedieron a apoyarme económicamente (para ese entonces mis papás ya se habían convertido a Cristo, e intentaban hablarme de Él, pero yo era demasiado necia para escucharlos).

Un nuevo psiquiatra, un nuevo diagnóstico, nuevos medicamentos, nuevos efectos secundarios de estos. No funcionó, me mantenía somnolienta la mayor parte del día y mi tristeza seguía ahí. Incluso este psiquiatra se sorprendió cuando después de varias sesiones yo seguía igual.

Todo estaba mal. Recuerdo un día en el que me sentí tan deprimida, donde solo pensaba en si realmente moriría si caía del tercer piso del apartamento. Óscar me llevó a un parque cerca de donde vivamos para despejar mi mente, solo recuerdo que la vida pasaba lentamente y de un color gris. Ahí fue la temporada donde el TOC también llegó a la cúspide.
Intenté buscar a Dios, pero aún sin conocerlo en verdad. Decidí comenzar a ir a una iglesia cristiana de vez en cuando, pero seguía lejos de Dios porque el evangelio aún no tocaba mi vida.

Encontramos otro psiquiatra, el mejor de la ciudad. Le bastó unas cuantas sesiones para dar con el clavo: Trastorno obsesivo compulsivo y Trastorno Bipolar tipo ll.

”El trastorno bipolar tipo 2 se caracteriza por episodios de depresión mayor y episodios hipomaníacos

La depresión ya la conocemos, pero la hipomanía tiene estos síntomas: Elevación anómala del estado de ánimo (sentirse extremadamente feliz, enérgico o irritado), aumento de la actividad, energía o excitación, pensamientos acelerados o sensación de tener muchas ideas, impulsividad o comportamiento imprudente.
Y eso me pasaba, en esos días donde todo iba de maravilla, donde creaba proyectos que nunca terminaba, donde buscaba la atención de otros chicos, donde iba de fiesta y bebía.
Ahora todo tenía aun más sentido. Comencé con medicamento controlado y seguí mi vida.

Pero de nuevo, sin Dios nada realmente se resuelve.

Para no hacer este escrito tan largo, el ciclo fue el mismo después: terminé esa relación, tuve otra, seguía con medicamento, seguía buscando aprobación y valor por otros lados; habían días buenos, otros malos. Iba a la iglesia de vez en cuando, pero seguía viviendo mi vida para mí. Alcohol, autolesión, relaciones, tristezas, ataques de ansiedad, obsesiones, compulsiones, pensamientos desordenados, estaba distante de mis padres.

Hasta que un día, todo cambió…

Me encontró

Mis papás habían conocido a Cristo en el 2015, y desde ese momento no dejaron de orar por mí. Mi mamá oró por 5 años para que yo conociera realmente a Dios, para que entendiera lo que Jesús había hecho en esa cruz por mí.
Yo me fui a la universidad en el 2016, y no fue hasta 2020 que el Dios verdadero me mostró quien era. En 2020 conocí a Jesús realmente.

Todos recordamos cuando el COVID-19 llegó y nos encerró en una cuarentena de casi un año. Yo en ese diciembre del 2019 estaba viviendo sola en un apartamento, tenía otro novio y seguía medicada. Cuando supe que el COVID había llegado a la ciudad donde yo vivía (Marzo 2020), mis papás me dijeron que me fuera a vivir con ellos para que no pasara la cuarentena sola. Yo accedí a pesar de que mis papás vivían a 8 horas de ahí. Dejaría mi banda, mis amigos, mi novio de ese entonces, mis cosas, todo. Pero pensé que realmente sería mejor no pasar la cuarentena sola.

Dios ya tenía todo planeado, ya estaba trabajando para que yo le conociera en verdad porque al llegar con mis papás las cosas comenzaron a cambiar.
A pesar de que mis papás intentaron hablarme sobre Jesús cuando llegue con ellos, yo seguía bastante renuente. Y mi mamá organizaba estudios de la biblia cada tarde pero yo trataba de evitarlos a cómo diera lugar.

Hasta que un día de abril me di cuenta de algo. Jamás había pensado de esta forma, siempre creí que tenía justificación ante mis acciones, pero ese día entendí que era mi culpa. Quizá muchos dirían “no, no es tu culpa, tú no tienes la culpa de tener trastornos mentales que te hacen actuar de cierta forma” o “debemos amarnos más a nosotros mismos y vivir con lo que nos ha tocado”. Pero la verdad es que si era mi culpa, era mi pecado, era yo lejos del Dios verdadero. Es la humanidad alejada de Dios desde que Adán y Eva (como representantes de la humanidad) cayeron desobedeciendo a Dios, lo cual nos separó completamente de nuestro Creador. Dios, el Dios de la Biblia, el Dios verdadero es Santo (esto quiere decir que en Él no hay pecado, que es perfecto, puro, bueno totalmente) y nosotros no podemos acercarnos a Él así como así porque nosotros sí tenemos pecado. Somos pecadores, decidimos pecar, desde decir la mentira más pequeña hasta cometer asesinato (de hecho Jesús dijo que odiar a alguien ya es asesinato en nuestro corazón).

Ese día entendí eso. Ese día supe que yo era una mentirosa, adúltera, que buscaba seguir mis deseos siendo consciente, que realmente no buscaba a Dios. No era posible solo ir los domingos a la iglesia pero seguir viviendo a mi manera.
Ese día recordé algo que me llevo a pensar todo eso: había sido infiel en dos de mis relaciones sentimentales. Había traicionado la confianza de esas personas, había hecho mal. A pesar de que muchos que no son cristianos verían la infidelidad como algo malo, y como algo que no te llevaría a buscar a Dios a causa de ello, yo me sentí mal ante Sus ojos. Me sentía indigna de hablarle, sentía que le había fallado de forma terrible. Ahí comencé a ver todas mis fallas, mis pecados, fue como si alguien me pusiera una película sobre ellos frente a mi y no pudiera evitar verlos. No como modo de tortura, sino como una forma de darme cuenta que no era tan buena persona como decía ser, que no era solo por mis trastornos mentales que me comportaba así, que no era que algo me obligara a hacerlo sino que yo lo decidía.

Hay un pasaje en la Biblia, en el libro de Isaías donde este mismo se encuentra con Dios y al ver la gran majestuosidad del Señor y Su santidad, Isaías logra ver cuán indigno es de estar frente al Rey del universo.

“Entonces dije: «¡Todo se ha acabado para mí! Estoy condenado, porque soy un pecador. Tengo labios impuros, y vivo en medio de un pueblo de labios impuros; sin embargo, he visto al Rey, el Señor de los Ejércitos Celestiales»” Isaías 6:5 NTV

Justo así me sentí. Fue tanto el peso de la culpa que lo único que pude decir fue: “¡Dios! Si estas aquí ayúdame, porque ya no quiero ser así”…

Limpia como la nieve

Mi culpa no quedó ahí, el amor se la llevó por completo.

Juan 3:16 dice que Dios amó tanto al mundo (a la humanidad), que entregó a Su Hijo para que todo aquel que crea en Él tenga vida eterna. Jesus, Él vino a pagar por nuestros pecados. ¿Que significa esto? Que la única forma de poder acercarnos a Dios y dejar de ser Sus enemigos es que Alguien sin pecado pagara la deuda, y el único que no tiene pecado es Dios mismo. Así es, Jesús siendo Dios pagó esa deuda que nosotros le debíamos a Dios para reconciliarnos con Él.

“pero Dios mostró el gran amor que nos tiene al enviar a Cristo a morir por nosotros cuando todavía éramos pecadores” Romanos 5:8 NTV

En el momento en que clamé por ayuda a Dios al pie de mi cama arrodillada, pude sentir ese amor que me abrazaba. Nunca había escuchado el evangelio como tal, mis papás me hablaban de Jesús pero no me habían compartido en sí cómo era el evangelio. Pero en ese momento fue como si el Señor mismo me lo explicara mostrándome Su amor.

Lloré tanto al saber que todo mi pecado quedaba perdonado por Jesús, porque me estaba arrepintiendo en verdad y Él lo notaba. Entendí que a causa de eso ahora podía ser ¡hija de Dios! Que lo más importante en esta vida es encontrarse con nuestro Creador para que sea nuestro Padre. Conocer a Jesús y entregarle nuestra vida para comenzar a vivir con el propósito por el que fuimos creados: conocerle a Él. Ese día le entregué mi vida a Jesús y todo cambió. Mi relación con Dios se restauró.

Me regaló algo extra…

A partir de ese día sentí un hambre por leer la biblia, por conocer mas de Cristo. Lo más sorprendente es que ¡comprendía lo que leía! Estaba fascinada de todo lo que Dios había hecho para darnos salvación, no podía dejar de leer y hablar con Él. Mi corazón ardía por conocerle, y todo tenía más sentido ahora.

Yo no le pedí que me sanara, solo le pedí dejar de ser como era, dejar de pecar ante Sus ojos. No le pedí que quitara los trastornos mentales porque entendía que no era esa la causa de mis fallas, sino mi pecado. Así que traté mi pecado con Él. Pero por Su gracia (porque Él así lo quiso) también me sanó del TOC y el TB2.

*Aviso* no promuevo el que las personas dejen de tomar sus medicamentos sin autorización médica previa. Esto que contaré a continuación fue parte de mi testimonio y el cómo el Señor obró en mi situación en específico. Igual pude haberme quedado tomando medicamento y seguiría Dios obrando en mí

Yo solía tomar litio para el trastorno bipolar, y era muy indispensable para mi porque si dejaba de tomarlo un día o dos mis síntomas se ponían mucho más fuertes. Pero un día comencé a sentir que debía dejar de tomarlo y ver que pasaba. Era una sensación que no puedo explicar, y no era algo que yo me había inventado, porque realmente me daba miedo dejar de tomar mi medicamento. No era como que me hice cristiana y de repente me sentía invencible, no. Tenía miedo, pero sentía que debía dejarlo.
Así que lo hice.

Pasó un día y todo bien. Dos, tres, cuatro, una semana, unos cuantos meses, hasta que eso se convirtió en 6 años hasta ahora. Hubo un cambio en mi, uno real. No me volví perfecta después de aceptar a Jesús, aun tengo fallas (la diferencia es que ahora soy más consciente de ellas y cuando peco voy directamente a Él para que me ayude a cambiar. Además ya no llevo esa vida donde estaba con muchos chicos, bebía y buscaba mis deseos). Como decía no me volví perfecta, pero el cambio que hubo en mi si fue totalmente notorio.

Dejé de experimentar la depresión a ese nivel, la paranoia se fue, la hipomanía también; las obsesiones y compulsiones bajaron, la ansiedad disminuyó bastante, los ataques de ansiedad cesaron. Una de mis psiquiatras me evalúo y dijo que estaba estable (no creyó que estuviera sanada del todo, pero realmente me vio estable). Hasta el día de hoy ninguno de esos síntomas se ha asomado a mi vida con esa intensidad con la que solía tenerlos. A veces me he llegado a sentir triste pero no es como antes, ya no es el TOC o el TB2 controlando.

Mis amigos y familia vieron mi cambio. Comencé a servir al Señor, a cantarle y componer música para Él. Había un brillo en mi que nunca se había visto antes, parecía que la vida había vuelto a mi. No es que ahora no tenga momentos de tristeza o que no me preocupe por algo, claro que sucede porque soy humano y tengo emociones y sentimientos, pero el Señor me guía ante cualquier situación y yo le creo a Él.
Desde el 2020 Jesús me salvó y me sanó, y mi vida entera se la dedico a Él.

(Puedes escuchar mi canción “¿Quién puede salvarme?” En Spotify o YouTube donde cuento exactamente este testimonio)


Mi vida ahora

Después de eso pasaron cosas que jamás imaginé, el Señor me permitió llegar hasta donde estoy (aunque con altos y bajos, pero de Su mano. Mi vida no es perfecta pero esta llena del gozo del Señor)

Después de estudiar mi licenciatura en música, comencé una licenciatura en teología. Al terminarla me casé con un hombre que ama al Señor y busca adorarle con su vida. Seguí componiendo canciones para Cristo (las cuales puedes encontrar en las plataformas digitales), escribí un libro sobre adoración, comparto contenido sobre Jesús en redes sociales. Mi esposo y yo estamos comenzando un ministerio que conecta otros ministerios llamado Redención Global (que próximamente anunciaremos). Ademas el año pasado nació nuestra hija.

Mi objetivo de vida es que las personas puedan conocer a Cristo y comprendan el evangelio para que conozcan el amor verdadero (el de Dios). Que Él puede cambiar tantas cosas de nuestro carácter para Su gloria, que puede restaurar lo que está roto en nuestras vidas y mostrarnos que Él es el Dios Santo y verdadero.

Todo ha sido por Su voluntad, todo ha venido de Él.
La gloria, el honor y la honra sean para nuestro Señor Jesucristo.

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